En una época cada vez más marcada por el uso de las redes sociales nos enfrentamos a una paradoja cada vez más intensa, lo que permite que nos comuniquemos de forma global a tiempo real y expansivo, lo que permite que tengamos amigos por doquier en el ancho mundo, lo que permite visualizar, mostrar, seguir y saber de las vidas propias y ajenas, eso mismo, nos está encerrando cada vez más en la habitación del sótano, aquella que no tiene ventanas, no es bañada por la luz del sol ni el soplo fresco y necesario de las conversaciones cara a cara, de la socialización precedida del contacto de dos besos y un apretón de manos, de mirar a los ojos y sonreír.

La comunicación es la base de las relaciones humanas, el sentir al otro, el interactuar, el preguntar y poner encima de la mesa diversas conversaciones, el retroalimentarse con los conocimientos e ideas que vayan surgiendo, el enriquecerse y crecer de la mano de toda la gente que conocemos y aún debemos conocer.

La frialdad de las redes es escondida sin tapujos por los filtros de Instagram, la rebosante felicidad de unas vidas hechas en torno a una idea social que aún no tenemos claro quién nos vende, de unas creencias cada vez más limitantes precedidas de grandes juicios que se quedan en nuestro interior por la ausencia de preguntas sin respuesta, por las localizaciones de Facebook, por mostrar quién come en los mejores restaurante, quien es influencer, quien tiene más likes más followers y otra serie de etiquetas que nosotros mismos nos vamos poniendo y dejamos que nos pongan.

En estos días dónde el mundo cada vez está más loco, dónde los quiebres sociales son cada vez más evidentes, dónde el tiempo cada vez vuela más y dónde nos hacemos más individuales en lo social apelo a la naturalidad, esa palabra dónde ser sencillo es cada vez más difícil pero más necesario. Apelo a mirar atrás y pensar todas las cosas que pueden ocurrir cuándo caminamos sobre una base sólida de comunicación, subimos por las escaleras de la confianza y llamamos a la puerta del compromiso, ese compromiso que adquirimos con lo que hacemos, con lo que queremos hacer y con quienes somos en este mismo momento, con sentirnos libres de redes y llenos de contacto físico, con reírnos de las situaciones tan sofisticadas que provocamos tecleando, con llamar para felicitar a una persona o dar las gracias en vez de poner un like y dar por hecho tantas cosas que ya no están pasando.

Construyamos más puertas y ventanas para dejar pasar la luz, el aire fresco que ventile estas habitaciones cada vez más sofisticadas en lo tecnológico pero grises y oscuras en los social, cada vez más sobrecargadas de tecnicismos y mobiliarios de última generación pero más frías en una atmósfera de peligroso individualismo.

Que la energía que aporta la luz de la comunicación ilumine nuestra habitación y nos permita brillar más desde la confianza que generan nuestras relaciones personales, sencillas pero a la vez poderosísimas para poder llegar a dónde nos propongamos.

Nunca dejes de sonreir, nunca dejes de soñar y nunca dejes de socializar.

Avanti Siempre.

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