Se dice que el líder es una persona que actúa como guía de un grupo, siempre que los integrantes del mismo reconozcan sus capacidades, y eso pasa por confiar y que desde el compromiso estén dispuestos a llegar a ese reto u objetivo marcado, a pelear en conjunto dentro de esa visión compartida y a sentir la camiseta y seguir a su capitán desde el compañerismo.

El líder sienta cátedra, no por que saque a pasear su voz en forma de trombón, tampoco por que se posicione por encima y demande atención, en ningún momento por desatar su ego en forma de tsunami, tampoco se le ocurre ponerse tapones en los oídos ni mirar para otro lado cuándo le miran a los ojos, el líder sienta cátedra por que al hablar transmite y comunica, al escuchar oye y empatiza y al mirar siente y genera confianza.

En estas tierras del salvaje oeste dónde los autónomos se baten el cobre por sobrevivir al duro mes, dónde las pymes batallan para poder trabajar, cobrar y si les dejan seguir caminando, y dónde algunas empresas dónde el perfume de las nuevas generaciones, talentos e ideas diferentes es tapado por el rancio olor del traje negro que lleva muchos años guardándose en el mismo armario. En estas tierras es dónde los líderes subidos en el caballo de la autoconfianza galopan cada vez más rápido.

A veces hay indios que intentan cambiar el devenir de los acontecimientos, o existen generales que mandan luchar de maneras distintas sonriendo cuándo se produce un fracaso con la manida frase del ya te lo dije o tu hazme caso.

En esta época donde tenemos todo tipo de información en tiempo real, hace falta apelar a la naturalidad del liderazgo, a la gestión del talento, a la formación con una comunicación efectiva como base y al libre compromiso que genera en los equipos de trabajo todo lo demás.

La tierra que pisamos en muchas empresas, proveedores o clientes son arenas movedizas, pero el cambio es poderoso, efectivo y eficaz. Un equipo bien liderado es más veloz, más fuerte y más efectivo que cualquier otro, por que la gente trabaja sin la espada tizona encima de la cabeza por mucha presión que se genere o exista en ese proyecto o empresa.

Muchos jefes bajo el recelo de perder su trono en su parcela de confort recelan de los nuevos, de los jóvenes, de los no tan jóvenes que aportan otra visión y punto de vista y sobre todo, bajo la inseguridad de su propios complejos y ahogados en el pantano de la desconfianza merman mucho talento rociando con la colonia de la toxicidad laboral que se ve reflejada en resultados, en compromiso, en velocidad de procesos y en crecimiento e identidad de marca. Eso que llaman clienting queda a años luz y se pierde en los armarios añejos del poder.

Hoy en día los líderes pueden abrir las ventanas y dejar entrar la luz y el sol, aire nuevo que ventile y sobre todo que aporte un valor añadido real en ese servicio al cliente tan necesario en los tiempos que ya han llegado y estamos viviendo.

Brindo por los valientes

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